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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Los riesgos en la pesca. Pescador: a pescar, con billete de ida y vuelta, por favor

Los riesgos en la pesca. Pescador: a pescar, con billete de ida y vuelta, por favor
Aunque no lo parezca, algunas disciplinas de pesca tienen un componente de riesgo que nunca conviene despreciar o minimizar por la cuenta que nos trae. De hecho, en algún momento en que paseamos por las piedras de camino a la postura apetecida, o de tránsito hasta el mismo litoral, no es extraño pasar por apuros como resultado de la falsa sensación de confianza que produce haber visitado ciertas zonas en infinidad de ocasiones, y lo mismo que en la mayoría de esos entuertos nos libramos del trompazo, en otros terminamos pegándonos una costalada. Sin embargo, y aun cuando sabemos que gran parte de esas caídas no conllevan severas consecuencias, las hay perfectamente capaces de adquirir tintes funestos y provocar un daño irreparable y un inmenso dolor entre los allegados del desafortunado colega que, en el mejor de los casos, podrá tener reposo en un lugar donde recibirá a quienes un día le profesaron su cariño. Y sí, es el mejor de los casos, puesto que otros, en cambio, desaparecerán para siempre a modo de tributo que el mar cobra a quienes tratan de arrebatarle sus más preciados tesoros. Y esto no es algo que pretendamos cada vez que nos asomamos a la costa, ¿verdad?

Mano a mano

No hace demasiado tiempo, y por puro azar, de paso por un puesto di con una placa que evocaba la figura de un pescador caído en la costa cantábrica, y tras la primera sensación de pesar que sentí, al instante me vino a la mente un pensamiento: esto te lo pueden hacer también a ti si te pasas de listo.
Por cuestiones así conviene poner todos los medios en evitar situaciones comprometidas, que, al fin y al cabo, de lo que se trata es de pasar un buen rato, y si encima algún pez nos acompaña de regreso a casa, habremos logrado la cuadratura del círculo. Existen riesgos en la pesca. Y es que en el momento más insospechado nos podemos meter en problemas, como por ejemplo a la hora de tratar de sacar una pieza que el mar se empeña en retener, al acceder a una puesta de pedigrí que se ve sometida a los embates del gran azul, o simplemente, que la bota se clave más de la cuenta contra una arista, haciéndonos perder el equilibrio justo donde precisamente debemos mantener la verticalidad. Asimismo, tampoco conviene despreciar el riesgo que entraña moverse por ciertos puntos provistos de firme resbaladizo, o que muestran tendencia a descomponerse a cada paso que damos, sea producto de las lluvias o por la mera composición del sustrato terrestre.

“Parajodas” de la vida

A decir verdad, no es la primera vez que me topo con una placa de este corte, pero el efecto de escalofrío que produce contemplarlas sigue siendo el mismo que cuando tuve constancia de este tipo de homenajes. Algunas hacen referencia al pescador en sí, pero otras a su vez aluden a sus acompañantes que igualmente terminaron allí sus días en el intento de impedir la tragedia en ciernes. En ocasiones los elementos se concatenan y el resultado del desastre termina siendo desolador, pero inevitable por más voluntad que se ponga.
Así de cruel es la mar, aunque se ande con mil ojos. Y parece mentira que así sea, la verdad, a la vista de esas imágenes que vemos en televisión de inconscientes jugando con inmensas rompientes consecuencia de los temporales, o que piensan que el agua no llega a donde están en el afán por contemplar el espectáculo que la mar brinda. Vaya si algunas veces llega cuando se pesca, que no sabes por dónde te ha venido y resulta que es la única ola de los alrededores la que se estampa bajo tus pies y te deja pingando, y por esa creencia del “no llega”, a menudo se producen desgracias, con perdón, estúpidas. En días así, y por más que nos perdamos la demostración de fuerza y bravura, la mar a ser posible bien lejos, no vayamos a ser víctimas involuntarias de nuestra inconsciencia ante un elemento inmisericorde.

Un balance aterrador

Aventurarse por costa abierta debe llevar aparejada sensatez y una confianza relativa en las capacidades personales. Ambas cualidades deben preceder cada paso que damos para no meternos en problemas innecesario y evitar riesgos en la pesca, que aun con todo, a menudo el mayor de los cuidados no impide que peguemos un resbalón. Y es que por mucho que llevemos en este negocio, nunca se termina de saber lo suficiente ni dónde se esconde el peligro, y la mar es una adversaria a la que nunca conviene tutear por la cuenta que nos trae, que ella los quiere valientes. Desde luego, nadie sale de su casa pensando que esa va a ser la última vez que cruce el quicio de la puerta, salvo que haya una vocación suicida por medio, claro está, pero recordemos que la lista de accidentados que Neptuno lleva anotados a lo largo de los siglos es incontable. Así que tengan mucho cuidado ahí fuera…

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